Tuesday, June 16, 2020

100 días sin iglesia


Hoy se cumplen 100 días desde la última vez que tuve la dicha de congregarme.  Recuerdo tan vívidamente ese día: la sensación extraña de las nubes negras que se vislumbraban en el horizonte, la alegría de servir, el gozo desbordante por tener a mis dos sobrinas sentadas conmigo mientras pasaba las diapositivas con las letras de las canciones, la emoción de oírlas cantar…  Este tiempo de cuarentena ha traído grandes desafíos y tristezas.  En mi caso, una de las tristezas más grandes ha sido no poder ir a la iglesia.  Ya pasaron 100 días y parece que tendrán que pasar 100 más.

Han sido 100 días en los que me ha costado comprender el mundo que me rodea.  Mi mente no asimila ciertas realidades, pero debo confesar que una de las que más me ha desconcertado es observar por redes sociales distintas publicaciones de diferentes personas en varios países, que he conocido en diversas etapas de mi vida, con un tema en común: “El covid-19 ha demostrado que congregarse en los templos no ha sido necesario para ser cristianos”.

Antes de seguir, quisiera hacer un “disclaimer”: No es mi intención defender “el templo”.  Mi iglesia (La Fuente) ni siquiera tiene un templo.  Nos hemos reunido en casas, en un boliche/discoteca, en un edificio del gobierno, en el auditorio de un instituto y hasta en un parque.  Actualmente alquilamos las instalaciones de otra iglesia y tenemos nuestra celebración por las tardes.  No se trata de que exista un lugar “sagrado” que sea la “casa de Dios”.  He observado de primera mano el culto al templo (literalmente al edificio) y estoy de acuerdo en que un templo no es iglesia.

En la Biblia vemos que la Iglesia es la reunión de creyentes, salvados, redimidos, nacidos de nuevo por el llamamiento de Dios Padre, mediante la obra de Jesucristo en la cruz y con el sello del Espíritu Santo.  Es verdad que Cristo mismo indicó que Él es “uno mayor que el templo” (Mateo 12:6).  Ahora el cristiano individualmente es “templo” del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19; 2 Corintios 6:16).  Pero no olvidemos que la Palabra también dice que somos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:20-22).  Es decir, somos iglesias juntos, no cada uno por su cuenta.  Ninguna de las enseñanzas de Jesús sobre la Iglesia o sobre el Reino hablan de una persona en solitario.

Ahora bien, explicar todo lo que implica “ser iglesia” quedará para otra entrada (si algún día me siento lo suficientemente valiente, ja, ja), pero hoy solo quiero explicar las razones por las que no es lo mismo tener reuniones por Zoom, Meet, Whatsapp (o tu plataforma favorita).  En mi opinión, la Iglesia de Cristo está pasando por una prueba al no poder congregarse.  Y tal vez hoy me siento sentimental, pero mi propósito con estas líneas es dejar plasmadas las razones por las que extraño tanto mi iglesia.

1.       Extraño poder aprender juntos la Palabra de Dios.  Estoy agradecida por la tecnología y el que podamos recibir las prédicas y hasta clases por plataformas digitales, pero no es lo mismo estar sentados juntos, quizá hacer una broma por ahí y después comentar en grupos de tres, cuatro o cinco sobre lo que hemos aprendido. 


2.       Recuerdo con nostalgia cuando salíamos de la celebración para ir a compartir un tiempo juntos y poner a trabajadores de restaurantes y cafeterías en aprietos porque les hacíamos armar una mesa para 20 (o más... no estoy exagerando).  Y no, no queríamos estar en mesas distintas.  Es verdad, no es funcional, no puedes platicar con todos en una mesa de 20, pero queríamos estar así, pegaditos y apapachados, porque el Señor nos ha dado tanto amor unos por otros.


3.       Me hace tanta falta pasar tiempo de calidad con otros para construir relaciones enfocadas en el evangelio.  Quizá se pueda discipular por Skype, pero nada equipara el deleite de cocinar con otros, de “vivir la vida normal” juntos, de divertirnos con juegos de mesa o incluso lanzarnos de la resbaladera roja del Mr. Joy para después comer postre y sentarnos a hablar de Jesús.


4.  ¡Cuánto anhela mi alma que podamos volver a cantar todos juntos!  La primera vez que tuvimos un tiempo de alabanza en las transmisiones por internet de la celebración, se me salieron las lágrimas.  Es hermoso el esfuerzo que realizan los hermanos de la adoración para darnos ese tiempo de cantar al Señor, pero sin duda me hace falta la mezcla de todas las voces, las armonías y hasta los gallos y los aplausos a destiempo.  Tal vez soy un poco mística en este aspecto, pero sí tengo la convicción de que sucede algo poderoso cuando los hijos de Dios elevan sus voces juntos al Creador.


5.       Pienso con nostalgia en las travesuras que hacíamos en conjunto.  ¡Cómo me llena el corazón reírme a carcajadas con mi familia en Cristo! 


6.       Se me hace chiquito el corazón cuando me vienen a la mente los momentos con la comunidad (grupo pequeño), siempre con comida riquísima para el cuerpo y para el espíritu. 


7.       Me da nostalgia recordar todo el trabajo que hicimos juntos para el avance del evangelio.  Aunque somos una iglesia pequeña, nos hemos aventurado a conferencias, capacitaciones y otras actividades edificantes.  Ahí hemos estado siempre metidos para apoyar según nuestros dones, como un solo cuerpo.


Es que eso somos.  Somos el cuerpo de Cristo.  Con razón siento que me falta un brazo o una pierna, quizá porque es al revés: soy un ojo o un dedo ahí botado sin el resto de sus miembros.  Gloria a Dios por las formas creativas en las que hemos podido seguir aprendiendo la Palabra juntos, a pesar de la distancia.  El Señor nos ha bañado de Su misericordia al darnos una familia en la que seguimos buscando la manera de apoyarnos unos a otros “con plata y persona”.  Y no, mi iglesia no es perfecta ni la idealizo.  No siempre me caen bien y yo no siempre les caigo bien tampoco.  Les he herido y me han herido.  Pero así son las familias, ¿no?

Como dije anteriormente, yo creo que este es un tiempo de prueba para la iglesia.  Quisiera animarte a orar para que salgamos refinados como el oro de este fuego (1 Pedro 1:6-7) y también para que esta aflicción llegue a su fin y que nuevamente podamos estar juntos. 


Para terminar, quisiera dejar estos versículos de Hebreos 10, no como un cliché, sino como un bello recordatorio del porqué nos reunimos y por qué Dios no nos ha llamado a ser salvos en solitario.  Que nuestro Señor venga pronto y que, cuando regrese, nos encuentre juntitos.

Hebreos 10:23-25 Nueva Biblia de las Américas (NBLA)

23 Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió. 24 Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, 25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.








1 comment:

  1. Saludos querida Mariqui, me identifico con tus palabras y vivencias. Más aguardamos con paciecia que pase todo esto del aislamiento y lo que trajo esta pandemia. Dios con nosotros. Un abrazo a la distancia!!

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