Hoy
se cumplen 100 días desde la última vez que tuve la dicha de congregarme. Recuerdo tan vívidamente ese día: la
sensación extraña de las nubes negras que se vislumbraban en el horizonte, la
alegría de servir, el gozo desbordante por tener a mis dos sobrinas sentadas
conmigo mientras pasaba las diapositivas con las letras de las canciones, la
emoción de oírlas cantar… Este tiempo de
cuarentena ha traído grandes desafíos y tristezas. En mi caso, una de las tristezas más grandes
ha sido no poder ir a la iglesia. Ya pasaron 100 días y parece que tendrán que pasar 100 más.
Han
sido 100 días en los que me ha costado comprender el mundo que me rodea. Mi mente no asimila ciertas realidades, pero
debo confesar que una de las que más me ha desconcertado es observar por redes
sociales distintas publicaciones de diferentes personas en varios países, que he
conocido en diversas etapas de mi vida, con un tema en común: “El covid-19 ha demostrado que congregarse en
los templos no ha sido necesario para ser cristianos”.
Antes
de seguir, quisiera hacer un “disclaimer”: No es mi intención defender “el
templo”. Mi iglesia (La Fuente) ni siquiera
tiene un templo. Nos hemos reunido en casas,
en un boliche/discoteca, en un edificio del gobierno, en el auditorio de un
instituto y hasta en un parque. Actualmente
alquilamos las instalaciones de otra iglesia y tenemos nuestra celebración por
las tardes. No se trata de que exista un
lugar “sagrado” que sea la “casa de Dios”.
He observado de primera mano el culto al templo (literalmente al
edificio) y estoy de acuerdo en que un templo no es iglesia.
En
la Biblia vemos que la Iglesia es la reunión de creyentes, salvados, redimidos,
nacidos de nuevo por el llamamiento de Dios Padre, mediante la obra de Jesucristo
en la cruz y con el sello del Espíritu Santo.
Es verdad que Cristo mismo indicó que Él es “uno mayor que el templo” (Mateo
12:6). Ahora el cristiano
individualmente es “templo” del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19; 2
Corintios 6:16). Pero no olvidemos que la
Palabra también dice que somos “juntamente edificados para morada de Dios en el
Espíritu” (Efesios 2:20-22). Es decir,
somos iglesias juntos, no cada uno por su cuenta. Ninguna de las enseñanzas de Jesús sobre la
Iglesia o sobre el Reino hablan de una persona en solitario.
Ahora
bien, explicar todo lo que implica “ser iglesia” quedará para otra entrada (si
algún día me siento lo suficientemente valiente, ja, ja), pero hoy solo quiero
explicar las razones por las que no es lo mismo tener reuniones por Zoom, Meet,
Whatsapp (o tu plataforma favorita). En
mi opinión, la Iglesia de Cristo está pasando por una prueba al no poder
congregarse. Y tal vez hoy me siento
sentimental, pero mi propósito con estas líneas es dejar plasmadas las razones
por las que extraño tanto mi iglesia.
1. Extraño poder aprender juntos la
Palabra de Dios. Estoy agradecida por la
tecnología y el que podamos recibir las prédicas y hasta clases por plataformas
digitales, pero no es lo mismo estar sentados juntos, quizá hacer una broma por
ahí y después comentar en grupos de tres, cuatro o cinco sobre lo que hemos
aprendido.
2. Recuerdo con nostalgia cuando
salíamos de la celebración para ir a compartir un tiempo juntos y poner a
trabajadores de restaurantes y cafeterías en aprietos porque les hacíamos armar
una mesa para 20 (o más... no estoy exagerando).
Y no, no queríamos estar en mesas distintas. Es verdad, no es funcional, no puedes
platicar con todos en una mesa de 20, pero queríamos estar así, pegaditos y
apapachados, porque el Señor nos ha dado tanto amor unos por otros.
3. Me hace tanta falta pasar tiempo
de calidad con otros para construir relaciones enfocadas en el evangelio. Quizá se pueda discipular por Skype, pero nada
equipara el deleite de cocinar con otros, de “vivir la vida normal” juntos, de divertirnos
con juegos de mesa o incluso lanzarnos de la resbaladera roja del Mr. Joy para
después comer postre y sentarnos a hablar de Jesús.
4. ¡Cuánto anhela mi alma que podamos volver a cantar todos juntos! La primera vez que tuvimos un tiempo de alabanza en las transmisiones por internet de la celebración, se me salieron las lágrimas. Es hermoso el esfuerzo que realizan los hermanos de la adoración para darnos ese tiempo de cantar al Señor, pero sin duda me hace falta la mezcla de todas las voces, las armonías y hasta los gallos y los aplausos a destiempo. Tal vez soy un poco mística en este aspecto, pero sí tengo la convicción de que sucede algo poderoso cuando los hijos de Dios elevan sus voces juntos al Creador.
5. Pienso con nostalgia en las travesuras
que hacíamos en conjunto. ¡Cómo me llena
el corazón reírme a carcajadas con mi familia en Cristo!
6. Se me hace chiquito el corazón
cuando me vienen a la mente los momentos con la comunidad (grupo pequeño),
siempre con comida riquísima para el cuerpo y para el espíritu.
7. Me da nostalgia recordar todo el
trabajo que hicimos juntos para el avance del evangelio. Aunque somos una iglesia pequeña, nos hemos
aventurado a conferencias, capacitaciones y otras actividades edificantes. Ahí hemos estado siempre metidos para apoyar
según nuestros dones, como un solo cuerpo.
Es que
eso somos. Somos el cuerpo de Cristo. Con razón siento que me falta un brazo o una
pierna, quizá porque es al revés: soy un ojo o un dedo ahí botado sin el resto de
sus miembros. Gloria a Dios por las
formas creativas en las que hemos podido seguir aprendiendo la Palabra juntos,
a pesar de la distancia. El Señor nos ha
bañado de Su misericordia al darnos una familia en la que seguimos buscando la
manera de apoyarnos unos a otros “con plata y persona”. Y no, mi iglesia no es perfecta ni la
idealizo. No siempre me caen bien y yo no
siempre les caigo bien tampoco. Les he herido
y me han herido. Pero así son las
familias, ¿no?
Como
dije anteriormente, yo creo que este es un tiempo de prueba para la iglesia. Quisiera animarte a orar para que salgamos
refinados como el oro de este fuego (1 Pedro 1:6-7) y también para que esta
aflicción llegue a su fin y que nuevamente podamos estar juntos.
Para
terminar, quisiera dejar estos versículos de Hebreos 10, no como un cliché,
sino como un bello recordatorio del porqué nos reunimos y por qué Dios no nos
ha llamado a ser salvos en solitario. Que nuestro Señor venga pronto y que, cuando regrese, nos encuentre juntitos.
Hebreos 10:23-25 Nueva Biblia de las Américas (NBLA)
23 Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió. 24 Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, 25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.








Saludos querida Mariqui, me identifico con tus palabras y vivencias. Más aguardamos con paciecia que pase todo esto del aislamiento y lo que trajo esta pandemia. Dios con nosotros. Un abrazo a la distancia!!
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