Me
cuesta contener las lágrimas mientras escribo estas líneas. Tenía el título de esta reflexión en mi mente
desde que empezó la pandemia, pero no encontraba el momento de sentarme a escribir,
lo confieso, por temor al hombre, porque a los seres humanos nos encanta que nos
llenen de mentiras que nos alivien, pero no de verdades difíciles que nos sanen. Hoy esta introvertida no encuentra otro modo
de procesar el dolor, así que aquí me tienen. Esta vez no hay receta, solo un corazón abierto
que necesita desesperadamente de Cristo.
Hasta
parecería irónico que anoche leímos el Salmo 91 en nuestro tiempo de oración
familiar. Nuevamente resonaron en mi
mente y corazón las palabras que muchos empezaron a citar cuando empezó la pandemia. Salmo 91:10.
No te sobrevendrá mal,
Ni plaga tocará tu morada.Sentí tanta frustración al ver a creyentes publicar este versículo y asegurar que el coronavirus no los podía afectar o, de hecho, ningún mal. ¿No es lo que dice ahí, acaso? No creo tener el ánimo ni el tiempo para explicar las minucias de la interpretación bíblica, pero sí creo que es importante dejar en claro un aspecto muy importante: EL CONSEJO DE TODA LA BIBLIA. ¿Realmente la Biblia en general dice que nunca me vendrá ningún mal, que nunca me voy a enfermar, que nunca voy a morir? ¡No!
En estos
meses de incertidumbre y dolor he vivido junto a personas muy amadas
enfermedad, semanas en cuidados intensivos, la incertidumbre de esperar una
cama en el hospital, trabajos perdidos, pastores que se han ido con su Creador,
niños que han dejado este mundo. Estoy
hablando de hijos e hijas de Dios que Lo aman con fervor, de hombres y mujeres
de fe, de creyentes sólidos. Hoy
finalmente la plaga llegó a mi familia y mientras mi corazón se rompe por la pérdida de un ser querido y las
lágrimas no se quedan quietas, ya no puedo quedarme callada más tiempo.
A la
luz de esta pandemia, me parece vital que nos desempolvemos de todo el
evangelio de la prosperidad que ensucia nuestras iglesias, y que abracemos una
teología saludable del sufrimiento. ¿Por
qué creo que debemos hacer una teología del sufrimiento? ¡Porque todos sufrimos! Obviamente la Biblia debe decir algo al
respecto, y sinceramente no encuentro ningún pasaje en la Escritura que prometa
una vida libre de problemas o de dolor. A
lo mejor alguien quiera citarme por ahí un par de capítulos en Deuteronomio,
pero a aquella persona solo quisiera recordarle que esas promesas de
prosperidad absoluta eran reservadas solamente para quienes cumplían con la ley
mosaica sin desviarse ni a izquierda ni a derecha. ¿Ese eres tú?
(I rest my case).
¿La
plaga tocó tu morada de algún modo? ¿Sientes
desconcierto porque oraste suficiente, tuviste suficiente fe o diste una ofrenda
suficiente? No escuches promesas vacías,
más bien, pon atención a lo que dice la Palabra de Dios en 1 Pedro 4 sobre ese
sufrimiento que atraviesas en este momento:
12 Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo. 13 Antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de Su gloria se regocijen con gran alegría.
Es
más, Santiago 1 nos deja un desafío aun mayor cuando pasamos por pruebas:
2 Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas.
¿Dios
nos manda a tener gozo cuando sufrimos?
No solo gozo, sino SUMO GOZO.
(Recuerda que el Señor jamás nos pide que hagamos algo si no fuera porque
Él mismo nos suplirá la capacidad para obedecerlo).
Agustín
de Hipona dijo que: “En esta tierra, Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero jamás
ha tenido uno sin sufrimiento”. La
Biblia describe a Jesús en Isaías 53 como:
Por
lo tanto,
29 Porque a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él.
Interesante cómo aquí se describe el sufrir por Cristo como una bendición recibida por amor, que está a la misma altura de creer en Él.
A lo
mejor en este punto alguien pensará que no vale la pena seguir a Cristo si Él
no nos va a exonerar del sufrimiento. Yo
lo he pensado también. Recuerdo que fue
lo primero que me vino a la mente cuando me dejaron plantada en el altar, y esa
no fue la primera ni la última vez. Sin
embargo, es absurdo creer que la solución al problema del sufrimiento es
enojarse con Dios. ¿Eso va a hacer que
desaparezca la muerte, la enfermedad o el dolor? Lógicamente, la respuesta es no.
Pero
una vez más esa Palabra respirada por Dios mismo tiene todos los argumentos para
que tengamos una vida llena de esperanza, a pesar del dolor y el sufrimiento que
vivimos en este mundo caído. Volvamos a
ese pasaje de 1 Pedro 4 que cité arriba, porque tal vez se te pasó por alto
este pequeño detalle:
13 Antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de Su gloria se regocijen con gran alegría.
¡Qué
genial! Cuando el Señor regrese, nos vamos a regocijar con gran alegría. No sé si se entiende la redundancia en esa expresión. Tendremos en el futuro muchísimo gozo.
Otro
pasaje que nos pone en perspectiva se encuentra en 2 Corintios 4. Este es uno de mis capítulos favoritos en
toda la Biblia. Hay tanta profundidad en
estos versículos:
16 Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. 17 Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación,
18 al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
Sí, la pérdida de un ser querido que parece injusta e incomprensible es una aflicción leve y pasajera. En nuestra mente humana no encaja ese concepto, pero si Dios lo dice, es verdad. Llegará el día en que podremos palpar esas cosas eternas que por ahora no vemos, y entonces sí entenderemos que, en realidad, esta era una aflicción leve y pasajera.
Y aunque
podría pasarme toda la noche buscando textos en la Biblia que nos hablan acerca
del sufrimiento y cómo, a pesar de las pruebas, seguir a Cristo y abrazarnos de
Él es lo mejor que podemos hacer en medio del dolor, quisiera terminar con este
versículo en Juan 16 que registra palabras que salieron de la boca misma de nuestro Señor Jesús:
¡Confiemos! Como dije arriba, Dios no nos pediría que confiemos
en Él si no estuviera dispuesto a obrar en nosotros para que podamos tener esa
confianza que parecería imposible con las fuerzas humanas. No nos aferremos a querer experimentar solo
lo bueno aquí en la tierra y saquemos de nuestra mente el mito de que lo mejor que
existe se encuentra en este mundo caído.
En verdad Cristo ha vencido al mundo y este es el futuro que nos depara
a los que creemos en Él:
3 Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. 4 Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado».
¡Qué
gran esperanza! ¡Ven, Señor Jesús!
(Dedicado a la memoria de Francesca)
