Ese
día decidí que me iba a quitar la vida.
Como la buena reina del drama que soy, se lo conté a una amiga, tomé un
bus y me dirigí a mi casa, que estaba sola, para llevar a cabo lo que me había propuesto.
No era la primera vez, ya lo había intentado antes, pero ahora sí tenía que
lograrlo. No podía más con el dolor que
implicaba estar viva, respirar, abrir los ojos cada mañana.
Después
de buscar amor en todos los lugares equivocados, vino el “consejo estrella” de
nuestra cultura: “El amor que buscas es el que solo tú puedes darte a ti
misma”. Tenía sentido. Por supuesto que tenía sentido. Si yo quería quitarme la vida, lógicamente el
problema era que no me amaba a mí misma.
“La respuesta está en ti. Tú
puedes alcanzar lo que te propongas”. ¡No
se diga más! Así me inicié en el camino
cuesta arriba del amor propio y la superación personal. Cuando yo miro fotografías de esa época, me
asombro al ver lo linda que me veía: esbelta, mi cabello hermoso, siempre bien
vestida y arreglada… y feliz. Por un
tiempo, parecía que las nubes se habían ido y el sol brillaba. Todo en la vida funcionaba bien y la alegría
me salía por los poros.
Pero una persona puede ser feliz mirándose al espejo y lanzándose besos solo por un rato. En poco tiempo empecé a sentir la presión: estar delgada, ser popular, tener éxito, no sentirme miserable aunque todo iba bien en la vida. Sobre todo eso. Hace poco encontré el meme perfecto para describir ese proceso:
Me sentí totalmente identificada. Me di cuenta de que mientras más me entregaba a mi amor propio, más tenía que seguir dando. Literalmente era como una droga que me calmaba por un rato, pero luego necesitaba dosis más y más altas para permanecer en el éxtasis. Descubrí que no existe mejor fórmula para la miseria que tener la mirada fija en mí misma.
Hundida
otra vez en la desesperación (pero con la presión indescriptible de mostrar al
mundo una buena imagen), encontré en un escaparate un libro llamado “Cuando no
deseo a Dios, la batalla por el gozo” (de John Piper). Ese título describía exactamente el torbellino
que había detrás de mi fachada de éxito y perfección. Lo compré.
¡Y lo odié! Lo que yo quería leer
ahí eran palabras lindas que me apapacharan el alma, unos versículos que
hablaran del amor de Dios, que me dijeran que todo iba a salir bien. La tesis de John Piper era que la solución a
la batalla por el gozo era el evangelio.
¡El evangelio! EL EVANGELIO. Sentí que fueron los $12 peor desperdiciados
de mi vida.
Unos
días después vino la respuesta del Señor.
Tenía que ir a un retiro del instituto donde estudiaba y el tema era
sobre cómo la imagen de Dios en nosotros ha sido manchada y rota por el pecado,
por el pecado que nosotros cometimos y el que fue cometido contra nosotros. El orador nos explicó cómo Jesús murió en la
cruz para lavar ese pecado que nos dejó rotos y manchados. En ese momento, el Señor abrió los ojos de mi
entendimiento para comprender Su gran amor al enviar a Su Hijo para
sacrificarse por pecadores que no lo estaban buscando. Comprendí por primera vez cómo Dios tomó la
iniciativa para que yo pudiera pasar de muerte a vida. De muerte a vida… qué lindo sonaba eso. Yo en verdad me sentía muerta por dentro, ¡y
quería esa vida!
Vi
mis pecados y dolores escritos en un papelito y clavados en una cruz de madera,
mientras meditaba en mis fracasos por salir del fango y el éxito de Cristo al
resucitar y vencer a la muerte. ¡Qué
gran amor! ¡Cuán grande es el amor de
Dios! ¡Ese era el amor que había buscado
toda mi vida! Lo podía sentir, como el chocolate.
Pero
no, no fue el sentimiento la respuesta. Lo
que ese día recibí por gracia no fue un sentimiento. Esa emoción en el “paladar espiritual” no
duró para siempre. Pero esta vez ya no se
trataba de una “droga” más. Entender el
amor de Dios a pesar de no merecerlo por mi condición pecadora fue lo que cambió
todo. ¡Era la respuesta!
Quiero
tener cuidado aquí porque la depresión siempre es un síntoma externo de un
problema interno. A veces tendrá que ver
con hormonas u otros problemas físicos.
Otras veces tendrá que ver con problemas del alma. Sin embargo, lo que deseo subrayar aquí es
que no hay nada que pueda darnos una solución real y duradera fuera de
Cristo. Como dice Nancy DeMoss
Wolghemuth: “No hay amigo, no hay pareja, no hay circunstancia, no hay
medicamento, no hay consejero en esta tierra que pueda ser para ti y hacer por
ti lo que Dios quiere hacer”.
Como
lo expliqué en un artículo anterior, la depresión ha sido mi lucha y sigue
siéndolo. La diferencia es que ahora
tengo la llave de la puerta que me saca hacia la libertad: ¡EL EVANGELIO! Por esta razón, tengo dos versículos que son pilares fundamentales
en mi vida. El primero está en Juan
8:32: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. ¿Pero cuál es esa verdad que nos hace
libres? Jesús lo afirmó muy claramente en
Juan 17:17: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad”. Esa libertad que buscamos está en la Palabra
de Dios y el evangelio que describen sus páginas desde el Génesis hasta el
Apocalipsis.
El
amor que buscamos se describe en estas palabras:
·
“Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando
todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
·
“En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su
vida por nosotros” (1 Juan 3:16a).
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Durante
esta cuarentena, mi lenguaje del amor ha sido el pan de banano, ja, ja,
ja. Es una de mis mejores recetas (la
sopa era la mejor) y nada como un buen pedazo cuando te sientes chipi (triste,
decaído). ¡Que lo disfrutes!
PAN DE BANANO
Ingredientes
1/3
taza de mantequilla derretida
1 cucharadita
de bicarbonato
1
pizca de sal
¾ de
taza de azúcar (1/2 taza si no lo quieres tan dulce, yo lo hago así, con media
taza)
2
huevos batidos
1
cucharadita de esencia de vainilla
1 ½ tazas
de harina
Preparación
2. En un tazón, aplasta los bananos
muy maduros con un tenedor hasta que tengas una pasta suave. Agrega la mantequilla derretida a la pasta de
bananos.
3. Agrega el bicarbonato y la sal. Ten cuidado de que el bicarbonato se mezcle bien.
4. Añade el azúcar, los huevos
batidos y la esencia de vainilla.
5. Mezcla con la harina. Cuando todos los ingredientes estén bien
mezclados, puedes agregar nueces y/o chispas de chocolate para darle un
toquecito especial de sabor.
6. Pon la masa en el molde engrasado y enharinado. Hornea aproximadamente 50 minutos hasta una hora, o hasta que puedas meter un palillo de dientes o cuchillo en el centro y salga limpio.
7. Saca del horno y deja enfriar en
el molde por unos minutos. Luego saca el
pan de banano y espera a que se enfríe completamente. ¡Disfruta!


























