Monday, September 14, 2020

Mi lucha con la depresión (Parte 2) - Pan de banano

 

Ese día decidí que me iba a quitar la vida.  Como la buena reina del drama que soy, se lo conté a una amiga, tomé un bus y me dirigí a mi casa, que estaba sola, para llevar a cabo lo que me había propuesto. No era la primera vez, ya lo había intentado antes, pero ahora sí tenía que lograrlo.  No podía más con el dolor que implicaba estar viva, respirar, abrir los ojos cada mañana.




 Mi amiga fue más astuta que yo y tomó un taxi.  Cuando llegué a mi casa, ella estaba ya ahí, esperándome.  Tuvimos una conversación muy emocional y sus palabras se quedaron marcadas en mi mente como con fuego: “Dios te ama, te ama muchísimo.  ¿Tú no lo puedes sentir?  ¡Yo sí!  Te ama tanto que hasta casi siento envidia”.  Ella se fue y me quedé ahí, sentada en mi cama.  Yo había crecido en la iglesia y había oído la frase “Dios te ama” tantas veces que me sonaba trillada.  Realmente no me sentía amada por nadie, especialmente por Dios.


 Toda mi vida había buscado amor y aceptación, sin tener mucho éxito.  Siempre he sido tímida y un poco rara (awkward, recha).  Mi vida familiar fue un remolino; el abandono de mi padre tejió en mi corazón la mentira de que nadie jamás podría amarme.  Esa mentira metió sus garras hasta lo más profundo de mi ser con los intentos fallidos de buscar amor en un muchacho.  Como dice mi película favorita: “Un corazón puede estar roto y seguir latiendo de todas maneras”.  Esa era yo: mi corazón estaba roto y mi mente navegaba por las aguas negras de la depresión.

 

Después de buscar amor en todos los lugares equivocados, vino el “consejo estrella” de nuestra cultura: “El amor que buscas es el que solo tú puedes darte a ti misma”.  Tenía sentido.  Por supuesto que tenía sentido.  Si yo quería quitarme la vida, lógicamente el problema era que no me amaba a mí misma.  La respuesta está en ti.  Tú puedes alcanzar lo que te propongas”.  ¡No se diga más!  Así me inicié en el camino cuesta arriba del amor propio y la superación personal.  Cuando yo miro fotografías de esa época, me asombro al ver lo linda que me veía: esbelta, mi cabello hermoso, siempre bien vestida y arreglada… y feliz.  Por un tiempo, parecía que las nubes se habían ido y el sol brillaba.  Todo en la vida funcionaba bien y la alegría me salía por los poros. 




Pero una persona puede ser feliz mirándose al espejo y lanzándose besos solo por un rato.  En poco tiempo empecé a sentir la presión: estar delgada, ser popular, tener éxito, no sentirme miserable aunque todo iba bien en la vida.  Sobre todo eso.  Hace poco encontré el meme perfecto para describir ese proceso:



Me sentí totalmente identificada.  Me di cuenta de que mientras más me entregaba a mi amor propio, más tenía que seguir dando.  Literalmente era como una droga que me calmaba por un rato, pero luego necesitaba dosis más y más altas para permanecer en el éxtasis.  Descubrí que no existe mejor fórmula para la miseria que tener la mirada fija en mí misma.

 

Hundida otra vez en la desesperación (pero con la presión indescriptible de mostrar al mundo una buena imagen), encontré en un escaparate un libro llamado “Cuando no deseo a Dios, la batalla por el gozo” (de John Piper).  Ese título describía exactamente el torbellino que había detrás de mi fachada de éxito y perfección.  Lo compré.  ¡Y lo odié!  Lo que yo quería leer ahí eran palabras lindas que me apapacharan el alma, unos versículos que hablaran del amor de Dios, que me dijeran que todo iba a salir bien.  La tesis de John Piper era que la solución a la batalla por el gozo era el evangelio.  ¡El evangelio!  EL EVANGELIO.  Sentí que fueron los $12 peor desperdiciados de mi vida.




 Regresemos a ese día en que había decidido quitarme la vida.  Mi amiga interrumpió mis planes y sus palabras hacían eco en las cuatro paredes de mi habitación.  “Dios te ama”.  Entonces alcé la mirada y entre sollozos grité al aire: “¡Dios!  Durante muchos años he leído en la Biblia y la gente me ha dicho que me amas, pero yo no lo siento.  Ahora la Sole me dice que tú me amas.  ¡Señor, si en verdad me amas, quiero sentirlo, como cuando uno come chocolate y siente en su lengua ese sabor dulce que se derrite!”  De algún modo sentí paz y (obviamente) no cumplí con mi cometido de suicidarme.

 

Unos días después vino la respuesta del Señor.  Tenía que ir a un retiro del instituto donde estudiaba y el tema era sobre cómo la imagen de Dios en nosotros ha sido manchada y rota por el pecado, por el pecado que nosotros cometimos y el que fue cometido contra nosotros.  El orador nos explicó cómo Jesús murió en la cruz para lavar ese pecado que nos dejó rotos y manchados.  En ese momento, el Señor abrió los ojos de mi entendimiento para comprender Su gran amor al enviar a Su Hijo para sacrificarse por pecadores que no lo estaban buscando.  Comprendí por primera vez cómo Dios tomó la iniciativa para que yo pudiera pasar de muerte a vida.  De muerte a vida…  qué lindo sonaba eso.  Yo en verdad me sentía muerta por dentro, ¡y quería esa vida! 

 

Vi mis pecados y dolores escritos en un papelito y clavados en una cruz de madera, mientras meditaba en mis fracasos por salir del fango y el éxito de Cristo al resucitar y vencer a la muerte.  ¡Qué gran amor!  ¡Cuán grande es el amor de Dios!  ¡Ese era el amor que había buscado toda mi vida! Lo podía sentir, como el chocolate. 

 

Pero no, no fue el sentimiento la respuesta.  Lo que ese día recibí por gracia no fue un sentimiento.  Esa emoción en el “paladar espiritual” no duró para siempre.  Pero esta vez ya no se trataba de una “droga” más.  Entender el amor de Dios a pesar de no merecerlo por mi condición pecadora fue lo que cambió todo.  ¡Era la respuesta! 

 

Quiero tener cuidado aquí porque la depresión siempre es un síntoma externo de un problema interno.  A veces tendrá que ver con hormonas u otros problemas físicos.  Otras veces tendrá que ver con problemas del alma.  Sin embargo, lo que deseo subrayar aquí es que no hay nada que pueda darnos una solución real y duradera fuera de Cristo.  Como dice Nancy DeMoss Wolghemuth: “No hay amigo, no hay pareja, no hay circunstancia, no hay medicamento, no hay consejero en esta tierra que pueda ser para ti y hacer por ti lo que Dios quiere hacer”.

 

Como lo expliqué en un artículo anterior, la depresión ha sido mi lucha y sigue siéndolo.  La diferencia es que ahora tengo la llave de la puerta que me saca hacia la libertad: ¡EL EVANGELIO!  Por esta razón, tengo  dos versículos que son pilares fundamentales en mi vida.  El primero está en Juan 8:32: “Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.  ¿Pero cuál es esa verdad que nos hace libres?  Jesús lo afirmó muy claramente en Juan 17:17: “Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad”.  Esa libertad que buscamos está en la Palabra de Dios y el evangelio que describen sus páginas desde el Génesis hasta el Apocalipsis. 

 

El amor que buscamos se describe en estas palabras:

·         “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

·         “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros” (1 Juan 3:16a).

  ¿Qué más se puede decir?  Resulta que John Piper había tenido razón, ja, ja, ja. “¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!” (1 Juan 3:1).


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Durante esta cuarentena, mi lenguaje del amor ha sido el pan de banano, ja, ja, ja.  Es una de mis mejores recetas (la sopa era la mejor) y nada como un buen pedazo cuando te sientes chipi (triste, decaído).  ¡Que lo disfrutes!

 

PAN DE BANANO

 

Ingredientes

 2 o 3 bananos muy maduros

1/3 taza de mantequilla derretida

1 cucharadita de bicarbonato

1 pizca de sal

¾ de taza de azúcar (1/2 taza si no lo quieres tan dulce, yo lo hago así, con media taza)

2 huevos batidos

1 cucharadita de esencia de vainilla

1 ½ tazas de harina

 

Preparación

 1.       Calienta el horno a 350º F (175º C).  Engrasa y enharina un molde para pan de 10 x 20 cm.

2.       En un tazón, aplasta los bananos muy maduros con un tenedor hasta que tengas una pasta suave.  Agrega la mantequilla derretida a la pasta de bananos.



3.       Agrega el bicarbonato y la sal.  Ten cuidado de que el bicarbonato se mezcle bien.

4.       Añade el azúcar, los huevos batidos y la esencia de vainilla. 

5.       Mezcla con la harina.  Cuando todos los ingredientes estén bien mezclados, puedes agregar nueces y/o chispas de chocolate para darle un toquecito especial de sabor.





6.       Pon la masa en el molde engrasado y enharinado.  Hornea aproximadamente 50 minutos hasta una hora, o hasta que puedas meter un palillo de dientes o cuchillo en el centro y salga limpio. 




7.       Saca del horno y deja enfriar en el molde por unos minutos.  Luego saca el pan de banano y espera a que se enfríe completamente.  ¡Disfruta!





Tuesday, August 25, 2020

Cuando la plaga sí toca tu morada...

Me cuesta contener las lágrimas mientras escribo estas líneas.  Tenía el título de esta reflexión en mi mente desde que empezó la pandemia, pero no encontraba el momento de sentarme a escribir, lo confieso, por temor al hombre, porque a los seres humanos nos encanta que nos llenen de mentiras que nos alivien, pero no de verdades difíciles que nos sanen.  Hoy esta introvertida no encuentra otro modo de procesar el dolor, así que aquí me tienen.  Esta vez no hay receta, solo un corazón abierto que necesita desesperadamente de Cristo. 

 


Hasta parecería irónico que anoche leímos el Salmo 91 en nuestro tiempo de oración familiar.  Nuevamente resonaron en mi mente y corazón las palabras que muchos empezaron a citar cuando empezó la pandemia.  Salmo 91:10.


 No te sobrevendrá mal,

Ni plaga tocará tu morada.


Sentí tanta frustración al ver a creyentes publicar este versículo y asegurar que el coronavirus no los podía afectar o, de hecho, ningún mal.  ¿No es lo que dice ahí, acaso?  No creo tener el ánimo ni el tiempo para explicar las minucias de la interpretación bíblica, pero sí creo que es importante dejar en claro un aspecto muy importante: EL CONSEJO DE TODA LA BIBLIA.  ¿Realmente la Biblia en general dice que nunca me vendrá ningún mal, que nunca me voy a enfermar, que nunca voy a morir?  ¡No!


En estos meses de incertidumbre y dolor he vivido junto a personas muy amadas enfermedad, semanas en cuidados intensivos, la incertidumbre de esperar una cama en el hospital, trabajos perdidos, pastores que se han ido con su Creador, niños que han dejado este mundo.  Estoy hablando de hijos e hijas de Dios que Lo aman con fervor, de hombres y mujeres de fe, de creyentes sólidos.  Hoy finalmente la plaga llegó a mi familia y mientras mi corazón se rompe por la pérdida de un ser querido y las lágrimas no se quedan quietas, ya no puedo quedarme callada más tiempo.

 

A la luz de esta pandemia, me parece vital que nos desempolvemos de todo el evangelio de la prosperidad que ensucia nuestras iglesias, y que abracemos una teología saludable del sufrimiento.  ¿Por qué creo que debemos hacer una teología del sufrimiento?  ¡Porque todos sufrimos!  Obviamente la Biblia debe decir algo al respecto, y sinceramente no encuentro ningún pasaje en la Escritura que prometa una vida libre de problemas o de dolor.  A lo mejor alguien quiera citarme por ahí un par de capítulos en Deuteronomio, pero a aquella persona solo quisiera recordarle que esas promesas de prosperidad absoluta eran reservadas solamente para quienes cumplían con la ley mosaica sin desviarse ni a izquierda ni a derecha.  ¿Ese eres tú?  (I rest my case).


¿La plaga tocó tu morada de algún modo?  ¿Sientes desconcierto porque oraste suficiente, tuviste suficiente fe o diste una ofrenda suficiente?  No escuches promesas vacías, más bien, pon atención a lo que dice la Palabra de Dios en 1 Pedro 4 sobre ese sufrimiento que atraviesas en este momento:


12 Amados, no se sorprendan del fuego de prueba que en medio de ustedes ha venido para probarlos, como si alguna cosa extraña les estuviera aconteciendo. 13 Antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de Su gloria se regocijen con gran alegría. 

 

Es más, Santiago 1 nos deja un desafío aun mayor cuando pasamos por pruebas:


Tengan por sumo gozo, hermanos míos, cuando se hallen en diversas pruebas.

 

¿Dios nos manda a tener gozo cuando sufrimos?  No solo gozo, sino SUMO GOZO.  (Recuerda que el Señor jamás nos pide que hagamos algo si no fuera porque Él mismo nos suplirá la capacidad para obedecerlo).


Agustín de Hipona dijo que: “En esta tierra, Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero jamás ha tenido uno sin sufrimiento”.  La Biblia describe a Jesús en Isaías 53 como:

 

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto...

 

Por lo tanto, si mi meta como creyente es ser como Cristo, tengo que prepararme para sufrir como Él sufrió.  Esta no es solo mi lógica.  Es lo que dijo Pablo en Filipenses 1:


29 Porque a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él.

 

Interesante cómo aquí se describe el sufrir por Cristo como una bendición recibida por amor, que está a la misma altura de creer en Él.

A lo mejor en este punto alguien pensará que no vale la pena seguir a Cristo si Él no nos va a exonerar del sufrimiento.  Yo lo he pensado también.  Recuerdo que fue lo primero que me vino a la mente cuando me dejaron plantada en el altar, y esa no fue la primera ni la última vez.  Sin embargo, es absurdo creer que la solución al problema del sufrimiento es enojarse con Dios.  ¿Eso va a hacer que desaparezca la muerte, la enfermedad o el dolor?  Lógicamente, la respuesta es no. 

 

Pero una vez más esa Palabra respirada por Dios mismo tiene todos los argumentos para que tengamos una vida llena de esperanza, a pesar del dolor y el sufrimiento que vivimos en este mundo caído.  Volvamos a ese pasaje de 1 Pedro 4 que cité arriba, porque tal vez se te pasó por alto este pequeño detalle:


13 Antes bien, en la medida en que comparten los padecimientos de Cristo, regocíjense, para que también en la revelación de Su gloria se regocijen con gran alegría.

 

¡Qué genial!  Cuando el Señor regrese, nos vamos a regocijar con gran alegría.  No sé si se entiende la redundancia en esa expresión.  Tendremos en el futuro muchísimo gozo.


Otro pasaje que nos pone en perspectiva se encuentra en 2 Corintios 4.  Este es uno de mis capítulos favoritos en toda la Biblia.  Hay tanta profundidad en estos versículos:


16 Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. 17 Pues esta aflicción leve y pasajera nos produce un eterno peso de gloria que sobrepasa toda comparación,

18 al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.

 

 

Sí, la pérdida de un ser querido que parece injusta e incomprensible es una aflicción leve y pasajera.  En nuestra mente humana no encaja ese concepto, pero si Dios lo dice, es verdad.  Llegará el día en que podremos palpar esas cosas eternas que por ahora no vemos, y entonces sí entenderemos que, en realidad, esta era una aflicción leve y pasajera.


Y aunque podría pasarme toda la noche buscando textos en la Biblia que nos hablan acerca del sufrimiento y cómo, a pesar de las pruebas, seguir a Cristo y abrazarnos de Él es lo mejor que podemos hacer en medio del dolor, quisiera terminar con este versículo en Juan 16 que registra palabras que salieron de la boca misma de nuestro Señor Jesús:

 

 33 Estas cosas les he hablado para que en Mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación; pero confíen, Yo he vencido al mundo.

 

¡Confiemos!  Como dije arriba, Dios no nos pediría que confiemos en Él si no estuviera dispuesto a obrar en nosotros para que podamos tener esa confianza que parecería imposible con las fuerzas humanas.  No nos aferremos a querer experimentar solo lo bueno aquí en la tierra y saquemos de nuestra mente el mito de que lo mejor que existe se encuentra en este mundo caído.  En verdad Cristo ha vencido al mundo y este es el futuro que nos depara a los que creemos en Él:


Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado».

 

¡Qué gran esperanza!  ¡Ven, Señor Jesús!


(Dedicado a la memoria de Francesca)


Monday, July 6, 2020

Mi lucha con la depresión (Parte 1) - Sopa de tomate




(La receta de la sopa de tomate está al final)

“No puede estar triste el corazón que ama a Cristo…”  Las palabras de la canción que aprendí en la infancia hacían eco entre mis lágrimas y sentimientos de miseria.  “Creo que no eres salva”, me dijo alguien por ahí, “porque si fueras cristiana no tuvieras depresión”.  Alguien más sugirió una sesión de liberación porque esa melancolía no podía ser otra cosa que un demonio.  Ahí, en el piso, rodeada de pañuelitos empapados, mi corazón se ahogaba entre sentimientos encontrados, sin ninguna esperanza. 

Sí, es verdad, yo lucho con la depresión y soy cristiana.  Bien cristiana.  A veces mi depresión se siente como una pesada cobija que no me deja moverme, peor levantarme.  Es mi aguijón en la carne, algo que le he pedido a Dios en incontables ocasiones que me quite de encima, pero Su respuesta ha sido siempre: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9).  De hecho, la depresión forma parte de la historia de amor entre el Señor y yo, pero de eso hablaré en otra ocasión.

Como iglesia podemos hacernos de la vista gorda y responder “¡bendecidos y en victoria!” cada vez que alguien nos pregunta cómo estamos, pero la realidad es que la OMS estima que aproximadamente 300 millones de personas en el mundo sufren de depresión.  Una encuesta realizada por HCJB en Instagram indica que el 93 % de los encuestados la ha vivido.  ¿Queremos seguir mirando para el otro lado?  Obviamente los cristianos tenemos la Palabra de Dios, la cual es nuestra autoridad y nos provee todo lo que necesitamos para la vida y piedad (2 Pedro 1:3-4).   ¿Qué dice la Biblia sobre la depresión?

1.       El que hablaba cara a cara con Dios sufrió depresión (Números 11:15)
El gran Moisés que vio una zarza ardiente, que vio el despliegue del poder de Dios en Egipto, que vio abrirse el mar, que vio la gloria de Dios, que su rostro brillaba, llegó al punto de desesperación en el que clamó a Dios, pidiéndole que le quitara la vida.  No parecerían ser las palabras de un valiente hombre del Señor que conocía de primera mano Sus milagros. 

2.       El hombre conforme al corazón de Dios sufrió depresión (Salmos varios)
David lo tenía todo: era guapo, un músico talentoso, un poderoso guerrero que llevó a su ejército a múltiples victorias, un buen rey al que no le faltaban riquezas y, lo más importante, una vibrante relación con Dios.  Sin embargo, en los Salmos vemos cómo lloraba día y noche (Salmos 6:6-7; 42:3).  Incluso llega a decirle al Señor que quisiera ser una paloma para volar lejos y morir en el desierto (Salmo 55:6-7).

3.       El gran profeta que vio caer fuego del cielo sufrió depresión (1 Reyes 18:20-19:18)
Elías oró a Dios y dejó de llover por tres años.  Después vio cómo el aceite y la harina de una viuda no se acabaron durante todo el tiempo de la sequía.  Para rematar, fue el instrumento del Dios Todopoderoso para humillar a los profetas del falso dios Baal.  Fue testigo de cómo cayó fuego del cielo que consumió un altar empapado.  Luego oró y volvió a llover.  Con semejante victoria, cualquiera estaría en el éxtasis de la felicidad, pero Elías pidió morirse y se escondió en una cueva.

4.       El profeta elegido desde antes de nacer sufrió depresión (Jeremías 20:14-18)
Ya quisiera yo oír a Dios decir de mí algo como lo que Él le dijo a Jeremías.  El Señor lo llama, lo afirma, le promete que siempre estará con él y le anima para que no tuviera miedo (Jeremías 1:5-10).  Sin embargo, el profeta que oía la voz de Dios llega al punto de maldecir el día que nació y declara su deseo por haber muerto en el vientre de su madre (Jeremías 20:14-18).

5.       El gran apóstol a los gentiles sufrió depresión (2 Corintios 1:8)
Pablo, perseguidor de la iglesia, tuvo un encuentro increíble con Jesús que cambió su vida.  Su labor misionera fue marcada con demostración del Espíritu y de poder (1 Corintios 2:4).  Pero en su ministerio, Pablo no solo tuvo que afrontar circunstancias sumamente difíciles, sino que a eso se sumaba su ansiedad por las iglesias que había fundado (2 Corintios 11:23-28).  En la “epístola del gozo” incluso confiesa que ha atravesado por tristeza sobre tristeza (Filipenses 2:27).

La pregunta seria es si Dios en algún momento desechó a alguno de estos hombres por padecer de depresión.  ¡No!  El Señor no se echó para atrás con ninguno de ellos ni los mandó a liberarse del “demonio”.  Jamás puso en duda su salvación, servicio o autoridad.  Más bien, Él mismo lidió con ellos en cada situación particular.  Pero ¿qué estamos haciendo nosotros, como iglesia?  En la encuesta mencionada anteriormente, el 88 % de encuestados confesaron haber ocultado su depresión de su comunidad de creyentes y el 61 % ha sentido presión por esconder su estado de ánimo.  Algo me dice que necesitamos releer estos pasajes de la Escritura para que estas cifras cambien en nuestras iglesias.

Hay mucho qué decir sobre el tema de la depresión y algunos detalles quedarán para una próxima ocasión, pero, por ahora, solo quisiera decirte que, si tú estás atravesando por un período de depresión o si luchas con esta constantemente (como yo), Dios no te rechaza.  Él te recibe a través de Su gracia por la obra de Cristo en la cruz y tiene un propósito para tu aflicción.  Estudia las vidas de todos los hombres de Dios que menciono arriba y podrás darte cuenta de eso.  Y si no tienes la experiencia de la depresión, seguramente conoces a alguien que sí se encuentra en medio de esa batalla.  Busca en la Biblia la manera de animar a quienes sufren y tienen ansiedad, tal como Dios lo hace. 

Quisiera contarte en el futuro más de mi testimonio y de cómo Dios me ayuda a navegar en medio de mi depresión día a día.  Por lo pronto, sea cual sea tu caso, ¡no pierdas la esperanza!  Dios es bueno y no deja de serlo cuando pasamos por el valle de sombra de muerte (¡qué descripción tan precisa de lo que se siente en la depresión!).  “Espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón.  Sí, espera al Señor” (Salmo 27:14).

Bueno, si se trata de aliviar la tristeza, no hay nada mejor que la Palabra de Dios y una buena sopa calientita.  Por eso hoy quiero compartirte la receta de mi famosa sopa de tomate.  Yo sé que tal vez no te suena bien la idea, pero créeme cuando te digo que hasta ahora todos han quedado fascinados con mi sopa.  ¡Disfruta!

SOPA CREMOSA DE TOMATE Y ALBAHACA
(Para 3 o 4 personas)

Ingredientes
4 tomates medianos maduros
1 zanahoria grande
1 cebolla perla (blanca)
2 dientes de ajo
2 tazas de caldo de pollo
½  taza de agua
¼ taza de albahaca fresca
¼  taza de perejil fresco
1 cucharada de mantequilla
1 limón

1.       Pica la cebolla y la zanahoria en pedazos pequeños.  Pica finamente o muele los dientes de ajo.

2.       En una olla derrite la mantequilla a fuego medio.  Agrega la cebolla, zanahoria y ajo.  Fríe hasta que la cebolla esté suave.



3.       Agrega el caldo de pollo y el agua, hierve a fuego lento con la olla tapada por 20 minutos.

4.       Pica los tomates en cuadrados.

5.       Cuando se hayan completado los 20 minutos, agrega los tomates y hierve a fuego lento con la olla tapada por 10 minutos.


6.       Al finalizar los 10 minutos, saca la olla del fuego.  Agrega la albahaca y el perejil y usa una licuadora de mano para licuar todo.


7.       Exprime uno o dos chorritos de limón.

8.       Añade ¼ de cucharadita de pimienta y sal al gusto.


9.       Si quieres hacerte una “sopa azteca”, agrega pollo mechado, aguacate, tostitos (totopos), queso rallado.





Sunday, June 21, 2020

Wraps de camarón por el Día del Padre

Si hiciera una lista de los peores días de mi vida, muchos de ellos incluirían varios Días del Padre a través de los años.  Durante esa celebración viví cosas que hasta el día de hoy me sacan las lágrimas.  Algunos de los dolores más profundos y de las heridas que todavía faltan sanar sucedieron en esa fecha especial.  Muchos pasamos este día con la realidad de tener un padre terrenal ausente o que, cuando aparece, solo es para traer tristezas.  ¡Pero tenemos un Padre celestial que siempre está presente y que nos ama con el amor más grande que existe!

Pero tú no estás aquí para esto, ¿verdad?   ¡Quieres la receta de los wraps de camarones!  Sí, ya la escribo a continuación, pero antes quería contarte por qué para mí es tan importante la verdad que Dios es mi Padre.  El Salmo 68:5 dice:

Salmos 68:5 Nueva Biblia de las Américas (NBLA)

Padre de los huérfanos y defensor de las viudas
Es Dios en Su santa morada.


Pero sinceramente me encanta cómo se oye el versículo en inglés:


Psalm 68:5 English Standard Version (ESV)

Father of the fatherless and protector of widows
    is God in his holy habitation.


Dios es Padre de los “sin-padre”.  Al pensar en “padre de huérfanos”, a veces podemos sentir que eso no se aplica a quienes teníamos un padre vivo pero ausente.  Pero “Father to the fatherless” amplía un poco el sentido: Dios es padre de quienes no tienen a sus papás terrenales cerca.  Me encanta lo que el salmista dice en el versículo 6a:

Salmos 68:6 Nueva Biblia de las Américas (NBLA)

6   
Dios prepara un hogar para los solitarios. 


¡Qué hermosa promesa!

¿No conoces a Dios como tu Padre?  La Biblia dice que a todos quienes Lo reciben, a los que creen en Su nombre, Él les da el derecho de ser hijos de Dios (Juan 1:12).  Cuando pones tu confianza en Jesús, confiesas con tu boca que Él es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos (Romanos 10:9-10), Él te adopta como Su hijo o Su hija (Efesios 1:5; Gálatas 4:5).  ¡Y cuán gran amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios! (1 Juan 3:1).

Dios es un Padre bondadoso (Salmo 103:13) que nos da toda buena dádiva y todo don perfecto (Santiago 1:17).  Nuestro Padre celestial nos disciplina en amor para nuestro bien (Hebreos 12:5-10) y siempre nos recibe de regreso con los brazos abiertos cuando hemos pecado contra Él (Lucas 15:11-32).  Tal vez tu papá terrenal falló y sigue fallando, pero Dios jamás se olvidará de ti (Salmo 27:10; Isaías 49:15).

Abrázate hoy mismo de tu Padre Celestial, al cual puedes llegar por medio de Jesucristo, gracias a lo que Él hizo por ti al morir en la cruz y resucitar (Juan 14:6).

Y ahora sí, a preparar una rica comidita para celebrar.


WRAPS DE CAMARONES CON AGUACATE
(Para 4 personas)

Ingredientes
500 gr. de camarones pelados y desvenados
2 tazas de espinaca picada
2 aguacates
2 tomates
1 cucharada de mantequilla
2 dientes de ajo machacados
1 limón grande o dos pequeños
Sal al gusto
Tortillas de trigo para wraps

Preparación

1.       En una sartén derrite la mantequilla y agrega el ajo.  Fríe unos 45 segundos y añade los camarones.  Condiméntalos con sal.  Dales la vuelta para que se doren de los dos lados.
2.       Cuando los camarones estén rosaditos, pon la espinaca en la sartén.  Cuece hasta que las hojas estén suaves, removiendo frecuentemente. 
3.       Apaga la sartén y espera que se enfríe un poco.
4.       Pica los tomates y el aguacate en cuadritos.  En un tazón, mézclalos y agrega el limón.  Sazona con sal a tu gusto.
5.       Añade los camarones con espinacas al tazón y revuelve con los aguacates y tomates.
      6.       Pon la mezcla en una tortilla de trigo, envuelve, ¡y disfruta!



Tuesday, June 16, 2020

100 días sin iglesia


Hoy se cumplen 100 días desde la última vez que tuve la dicha de congregarme.  Recuerdo tan vívidamente ese día: la sensación extraña de las nubes negras que se vislumbraban en el horizonte, la alegría de servir, el gozo desbordante por tener a mis dos sobrinas sentadas conmigo mientras pasaba las diapositivas con las letras de las canciones, la emoción de oírlas cantar…  Este tiempo de cuarentena ha traído grandes desafíos y tristezas.  En mi caso, una de las tristezas más grandes ha sido no poder ir a la iglesia.  Ya pasaron 100 días y parece que tendrán que pasar 100 más.

Han sido 100 días en los que me ha costado comprender el mundo que me rodea.  Mi mente no asimila ciertas realidades, pero debo confesar que una de las que más me ha desconcertado es observar por redes sociales distintas publicaciones de diferentes personas en varios países, que he conocido en diversas etapas de mi vida, con un tema en común: “El covid-19 ha demostrado que congregarse en los templos no ha sido necesario para ser cristianos”.

Antes de seguir, quisiera hacer un “disclaimer”: No es mi intención defender “el templo”.  Mi iglesia (La Fuente) ni siquiera tiene un templo.  Nos hemos reunido en casas, en un boliche/discoteca, en un edificio del gobierno, en el auditorio de un instituto y hasta en un parque.  Actualmente alquilamos las instalaciones de otra iglesia y tenemos nuestra celebración por las tardes.  No se trata de que exista un lugar “sagrado” que sea la “casa de Dios”.  He observado de primera mano el culto al templo (literalmente al edificio) y estoy de acuerdo en que un templo no es iglesia.

En la Biblia vemos que la Iglesia es la reunión de creyentes, salvados, redimidos, nacidos de nuevo por el llamamiento de Dios Padre, mediante la obra de Jesucristo en la cruz y con el sello del Espíritu Santo.  Es verdad que Cristo mismo indicó que Él es “uno mayor que el templo” (Mateo 12:6).  Ahora el cristiano individualmente es “templo” del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; 6:19; 2 Corintios 6:16).  Pero no olvidemos que la Palabra también dice que somos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:20-22).  Es decir, somos iglesias juntos, no cada uno por su cuenta.  Ninguna de las enseñanzas de Jesús sobre la Iglesia o sobre el Reino hablan de una persona en solitario.

Ahora bien, explicar todo lo que implica “ser iglesia” quedará para otra entrada (si algún día me siento lo suficientemente valiente, ja, ja), pero hoy solo quiero explicar las razones por las que no es lo mismo tener reuniones por Zoom, Meet, Whatsapp (o tu plataforma favorita).  En mi opinión, la Iglesia de Cristo está pasando por una prueba al no poder congregarse.  Y tal vez hoy me siento sentimental, pero mi propósito con estas líneas es dejar plasmadas las razones por las que extraño tanto mi iglesia.

1.       Extraño poder aprender juntos la Palabra de Dios.  Estoy agradecida por la tecnología y el que podamos recibir las prédicas y hasta clases por plataformas digitales, pero no es lo mismo estar sentados juntos, quizá hacer una broma por ahí y después comentar en grupos de tres, cuatro o cinco sobre lo que hemos aprendido. 


2.       Recuerdo con nostalgia cuando salíamos de la celebración para ir a compartir un tiempo juntos y poner a trabajadores de restaurantes y cafeterías en aprietos porque les hacíamos armar una mesa para 20 (o más... no estoy exagerando).  Y no, no queríamos estar en mesas distintas.  Es verdad, no es funcional, no puedes platicar con todos en una mesa de 20, pero queríamos estar así, pegaditos y apapachados, porque el Señor nos ha dado tanto amor unos por otros.


3.       Me hace tanta falta pasar tiempo de calidad con otros para construir relaciones enfocadas en el evangelio.  Quizá se pueda discipular por Skype, pero nada equipara el deleite de cocinar con otros, de “vivir la vida normal” juntos, de divertirnos con juegos de mesa o incluso lanzarnos de la resbaladera roja del Mr. Joy para después comer postre y sentarnos a hablar de Jesús.


4.  ¡Cuánto anhela mi alma que podamos volver a cantar todos juntos!  La primera vez que tuvimos un tiempo de alabanza en las transmisiones por internet de la celebración, se me salieron las lágrimas.  Es hermoso el esfuerzo que realizan los hermanos de la adoración para darnos ese tiempo de cantar al Señor, pero sin duda me hace falta la mezcla de todas las voces, las armonías y hasta los gallos y los aplausos a destiempo.  Tal vez soy un poco mística en este aspecto, pero sí tengo la convicción de que sucede algo poderoso cuando los hijos de Dios elevan sus voces juntos al Creador.


5.       Pienso con nostalgia en las travesuras que hacíamos en conjunto.  ¡Cómo me llena el corazón reírme a carcajadas con mi familia en Cristo! 


6.       Se me hace chiquito el corazón cuando me vienen a la mente los momentos con la comunidad (grupo pequeño), siempre con comida riquísima para el cuerpo y para el espíritu. 


7.       Me da nostalgia recordar todo el trabajo que hicimos juntos para el avance del evangelio.  Aunque somos una iglesia pequeña, nos hemos aventurado a conferencias, capacitaciones y otras actividades edificantes.  Ahí hemos estado siempre metidos para apoyar según nuestros dones, como un solo cuerpo.


Es que eso somos.  Somos el cuerpo de Cristo.  Con razón siento que me falta un brazo o una pierna, quizá porque es al revés: soy un ojo o un dedo ahí botado sin el resto de sus miembros.  Gloria a Dios por las formas creativas en las que hemos podido seguir aprendiendo la Palabra juntos, a pesar de la distancia.  El Señor nos ha bañado de Su misericordia al darnos una familia en la que seguimos buscando la manera de apoyarnos unos a otros “con plata y persona”.  Y no, mi iglesia no es perfecta ni la idealizo.  No siempre me caen bien y yo no siempre les caigo bien tampoco.  Les he herido y me han herido.  Pero así son las familias, ¿no?

Como dije anteriormente, yo creo que este es un tiempo de prueba para la iglesia.  Quisiera animarte a orar para que salgamos refinados como el oro de este fuego (1 Pedro 1:6-7) y también para que esta aflicción llegue a su fin y que nuevamente podamos estar juntos. 


Para terminar, quisiera dejar estos versículos de Hebreos 10, no como un cliché, sino como un bello recordatorio del porqué nos reunimos y por qué Dios no nos ha llamado a ser salvos en solitario.  Que nuestro Señor venga pronto y que, cuando regrese, nos encuentre juntitos.

Hebreos 10:23-25 Nueva Biblia de las Américas (NBLA)

23 Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió. 24 Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, 25 no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.